Las llamé “revelaciones”, porque su poética me acercaba a lo místico, no referido a lo religioso sino más bien, a lo misterioso. Formas rebeldes que se crean y se construyen a sí mismas a alta velocidad en la humedad transparente de los colores; formas que no esperan, ni desean mi intervención, formas que me hablan y se hacen reconocibles, porque pertenecen a mi memoria visual, sólo que ahora, están fuera de mí. Fue como si de pronto se abriera una compuerta secreta que intuía, a la cual sólo yo tengo acceso, como ir a una región remota de imágenes eidéticas que permanecen flotando, ingrávidas, esenciales, eternas para mí.
El acto de creación es muy personal y subjetivo, yo acudo a él sin una idea preconcebida, diría que en el inicio, se apodera de mí una inseguridad extrema, positiva, sin prejuicios. Busco vaciarme, hacerme más puro a través de una meditación que antecede al impulso de la acción que plenará la superficie de la tela de formas y colores. En esta etapa del proceso creador, “ser sabio” para mí, significa no usar el conocimiento racional, sino más bien agudizar los sentidos y acudir a esa fuente secreta intuitiva que poseo, y desde allí invocar a la pintura; citarla, seducirla suavemente, amorosamente y ella vendrá, se revelará a sí misma, haciéndose visible, en comunión con mi mundo interior donde las imágenes-ideas permanecen en lo más profundo de mi memoria ancestral.
Hoy lo puedo decir, la pintura y la poesía existen realmente fuera de mí, como un mundo más allá del mundo de la inmediatez; el trascendente, en ocasiones inalcanzable, lleno de signos, señales y significaciones referidas a ese otro mundo visible, el cotidiano, el de las angustias, de las alegrías de vivir intensamente. La captura de ese mundo paralelo trascendente dentro de la conciencia humana siempre será uno de los mas grandes desafíos de la creación artística.
Al enfrentar al mundo visible, no sólo como algo terriblemente enigmático, sino también doloroso, siento que me habitan una suma de pensamientos y vivencias acumuladas de seres humanos de todos los tiempos: ideas, sobre la justicia social, amor, amistad, solidaridad y sobre todo la defensa de los más débiles o como aquellas que dictaban desde las alturas las divinidades andinas, Ama Sua, Ama Quella, Ama Llulla. Y es que en la creación de una obra artística el ser humano no sólo está luchando por su sobrevivencia física, sino por su existencia espiritual.
Por eso, pienso que las ideas nuevas, audaces, revolucionarias, en los movimientos artísticos contemporáneos, no deben permanecer alejadas de la ética, incorporándola a la obra con imaginación política, sentido común y convencimiento apasionado.